Una escapada en medio de la rutina incierta. Una estación de esquí - estación sí, pero una versión muy mejorada de las ya tan vistas del Sistema Central y la Cantábrica-. Otro país y dos señoritas como nosotras mandamos.
Preparadas con nuestros esquís, pieles, cuchillas, y demás artilugios de batalla salimos foqueando del parking de Grau Roig (Grandvalira, Andorra).
Un día espléndido que apuntaba a "¡¡vais coceros subiendo, neñes!!". Así que poca ropa, paso firme y no demasiada pausa. Hacía días que no nevaba, así que no siempre se podían aprovechar los fueras de pista que respiran a lo largo y ancho de la estación. Cuando enganchamos uno, perdimos de vista los remontes y los "restaurant - chill-out", y empezamos a ver huellas no bípedas ¿liebres? - libres.
Fue nuestra primera salida travesera, aun no siendo estrictamente "de montaña", juntas y sin valientes montañeros alfa. Inevitablemente esto vino acompañado de un saborcito de venirse arriba. Cierto es que a veces ayuda ir con gente que sabe más, bien conocedora de las nieves, de los hielos y de sus peligros, ya sean mujeres u hombres. No obstante, en estos pequeños movimientos de autonomía en terreno seguro, nos vamos liberando de complejos y miedos de más; aun cuidando de no cruzar la a veces tentadora frontera de la temeridad y el guerrerismo excesivo.
Por otro lado a muchos no nos queda más remedio que pasar de cuando en cuando por forfait y el gentío, para poder volver con más ganas y soltura a parajes y montañas menos machacados y frecuentados.