El invierno empezó estival, y siguió avanzando con picaresca primaveral para desazón de los adictos estacionales al manto nivoso. Las condiciones óptimas para el letargo y los hot-cocoa bajo una mantita se hacían de rogar. Por propia voluntad y sin más argumentos que el capricho, llegó la primera "ciclogénesis"de la temporada...
- ¡Temporal leñe!
...y mientras llegaba el segundo temporal, un otoño demorado se hacía ya notar en todo su esplendor. Esquiadores, raqueteros, muñequeros de nieve, kamikazes del trineo y otras bandas, preparaban sus juguetes y consultaban ansiosos las predicciones meteorológicas clamando al cielo. Entonces el frío llegó, y vaya si lo hizo. Comenzó a desplegar su fuerza en todas sus manifestaciones, con vientos huracanados que azotaban casi de continuo a las criaturas que se adentraban en el Sistema Central.
No obstante estas criaturas nivofílicas ansiaban acabar con la abstinencia que venía durando todo un año, y así decidían encomendarse una y otra vez a las inclemencias, para intentar y a veces lograr distintos entretenimientos. Los esquiadores no se llevaron mal pastel; sus oportunidades fueron cuantiosas y las condiciones, de algo sufridas a muy buenas. Los kamikazes y los muñequeros tuvieron la mejor parte. Ya podía estar nevando, de niebla cerrada tipo "whiteout", cayendo chupiteles o whatever the fuck; ellos persistían y resistían. A diario contribuían a la labor de amortizar cualquier asentamiento automovilístico a la vista. Igualmente hacían que la llegada al punto de partida de otras bandas fuera de lo más emocionante, al obligarlos a esquivar trineos a diestra y a siniestra, si querían preservar su integridad. Otros se dedicaban a levantar totéms con cuerpo de semáforos venidos a más, sumidos en su tarea con elevada concentración.
Muy madrugadores, porteando cuerdas y cacharrerías varias, aparecían día tras día tenaces individuos, necios ante las inclemencias circundantes: brisas huracanadas, densas nieblas y nieve que caía como clavitos minúsculos. Eran tribus de escaladores de hielo y alpinistas, y también de seres iniciáticos que intentaban disfrutar de las actividades representadas por éstos. Entre éstos últimos traté de incluirme.
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| El Zócalo, Peñalara |
Simplificando, nuestro afán consistía en aferrarnos y ascender por paredes verticales heladas o mixtas en la modalidad de escalada en hielo, o avanzar por canales de nieve dura en una versión más montañera del asunto - Dicho así suena muy "pro"...- Lamentablemente querer no siempre es poder. En mis intentos de participar de estos entretenimientos, las ventanas y los trenes de buen tiempo, a menudo no cuadraron con condiciones adecuadas de nieve dura ni, mayormente, con un hielo bien formado. Cuando sí parecía estar la materia a punto, surgieron incidencias de causa mayor del tipo "urgencia hospitalaria del encargado del refugio", donde se preparaba la escalada - esperemos que todo el mundo se encuentre recuperado...
En dos ocasiones y con hartazgo ya de esperar a un día radiante y libre de ventisca, sin nieblas densas, sin lluvia o sin nieve de la que se clava en la cara, decidimos madrugar y tiramos para el puerto; franqueamos el atasco de Navacerrada, despejamos la plaza del parking a pala de piolet y nos adentramos en las bajuras de Peñalara rastreando el hielo. Una de estas veces sí logramos hacer un simulacro de escalada en hielo. Nuestros voluntarios guías, muy entregados a la tarea, montaron algunas vías con la ferretería que habían porteado, y otras sin ella. A la hora de catarlas fueron el granito y la nieve pocha los que se ofrecieron para que apoyásemos nuestros pinchos en y a través de ellos; si había algo de hielo quizá aguardaba escondido en alguna fisura desapercibida y sombría. En estas condiciones nuestro auténtico seguro fue una reunión montada a cañón desde arriba. Pasamos frío, nos empapamos con la agua nieve que no cesaba en su empeño de caer y muchos nos fuimos sin saber lo que es escalar en una cascada helada, pero mis manos no se fueron vacías, gracias a la compañía y al buen talante y dedicación de los más experimentados del grupo.
En dos ocasiones y con hartazgo ya de esperar a un día radiante y libre de ventisca, sin nieblas densas, sin lluvia o sin nieve de la que se clava en la cara, decidimos madrugar y tiramos para el puerto; franqueamos el atasco de Navacerrada, despejamos la plaza del parking a pala de piolet y nos adentramos en las bajuras de Peñalara rastreando el hielo. Una de estas veces sí logramos hacer un simulacro de escalada en hielo. Nuestros voluntarios guías, muy entregados a la tarea, montaron algunas vías con la ferretería que habían porteado, y otras sin ella. A la hora de catarlas fueron el granito y la nieve pocha los que se ofrecieron para que apoyásemos nuestros pinchos en y a través de ellos; si había algo de hielo quizá aguardaba escondido en alguna fisura desapercibida y sombría. En estas condiciones nuestro auténtico seguro fue una reunión montada a cañón desde arriba. Pasamos frío, nos empapamos con la agua nieve que no cesaba en su empeño de caer y muchos nos fuimos sin saber lo que es escalar en una cascada helada, pero mis manos no se fueron vacías, gracias a la compañía y al buen talante y dedicación de los más experimentados del grupo.
La otra historia, la de los corredores, termina con menos aprendizajes y algo más de cerveza, versus cacao. Decidimos darnos la vuelta antes si quiera de poder contemplar el objetivo. Es lo que mi colega Sam llama "estilo gilialpino": paseas el mochilón montaña arriba, montaña abajo, haces unas cuantas sentadillas para dar el callo, o fardar de gallu, y coges a tu perra en brazos en algún paso comprometido; pero en ningún caso sacas el material de la mochila, y te vuelves a casa sin haber atisbado si quiera la pared en cuestión. Las justificaciones pueden ser variopintas, y con frecuencia remiten a factores humanos. Cuando nos empeñamos en hacer una actividad asequible con más motivación que planificación, si cuela y sale bien todos contentos, si no en el mejor de los casos, pues eso, gilialpino.






