martes, 9 de julio de 2019

Travesía pirenaica (I)




Esta actividad surge de las ganas de reencuentro familiar y de pisar la montaña pirenaica que por estas fechas me quedan más a mano.Toma forma en un plan que se presenta como apacible y disfrutón, tras apearnos de la aspiración inicial y más elaborada, en preparativos y  técnica, de subir al Balaitus.

La ruta elegida, consiste en dos días de camino, con salida desde el embalse de La Sarra (Sallent de Gállego) y destino...cientos de pasos más allá.
Campernoctamos cerca de la Fuente de los Tres Caños, al arrullo del río y custodiados por un par de vías de escalada deportiva con aspecto de centinelas curiosos, discretamente desubicados ante semejante trajín de coches y caminantes.
Sin mucho madrugón y con excesiva calma, desayunamos, preparamos, olvido cosas en el coche y venga vuelve y re-vuelve a buscar esto y lo otro. Eso sí, el piolet lo dejamos a conciencia, bien colocadito entre el pedal del embrague y el del freno. De los crampones ni hablamos, no parecen necesarios para pisa-praos... Estamos a finales de julio y no vemos más que pizcas de nieve en los montañones que nos rodean.
La primera jornada promete tranquilidad y domingueo de viernes: 2.30 horas rezan todas las indicaciones, desde nuestra ubicación al refugio de RespOmUso - o Respumoso para muchos-. Unas 100 fotos, una naranja y un puñado de kikos después llegamos a nuestro destino. Como no podemos hacer uso de los camastros hasta las 3 pm, dormitamos a la fresca, sobre la rejilla cuadriculada de la terraza y contra la baranda, pero protegidos de la brisa pirenaica y abrigados por un manto de sol que nos invita a dar cabezadas.






Llegan las tres del mediodía y estamos listos para acercarnos a los Ibones de Arriel. 1.25 h. promete la señalización, así que calculamos que de las dos horas no bajamos. Los neveros que rodean los primeros ibones son de obligado traspaso si queremos seguir avanzando.1, 40 nos lleva alcanzar el Ibón intermedio. Oleadas de mosquitos tapizan rocas y neveros, y forman nubes haciendo muy difícil coger una bocanada de aire sin tragar un puñado de las minúsculas criaturas. Densos nubarrones amenazan desde hace horas, y un suave granizo y algo de lluvia se deja caer sobre nuestras cabezas.
Si es por Paco y por su inseparable paraguas,  seguiríamos hasta el Ibón Alto, pero las nubes cada vez más negras y nuestras ganas de descanso y cena dictan la media vuelta.



El fresco de la tarde, ya sin sol, nos empuja adentro del refugio. Pasamos el resto de la jornada hasta la cena estudiando el recorrido del día siguiente. Tanteamos a excursionistas y refugieros para saber si será factible cruzar el paso de Tebarray sin material invernal. Entre unos y otros acordamos que el terreno nos dirá si darnos o no la vuelta ya que además el parte meteorológico pinta tormentoso, lluvioso y granizoso. Afuera, las montañas preparan su descanso repletas de neveros con los que no contamos, y van quedando ocultas minuto a minuto bajo las nubes y el ocaso.
Ocupados en estas cabilaciones, me fijo que los rasgos de la pareja que atiende la cocina no son de este lado del meridiano y sin embargo me resultan familiares. Banderas de oración budhistas rezan al viento muy cerca del refugio, y me animo a preguntarles. La pareja, natural de Nepal, nos cuenta que trabajaron en los trekkings del Himalaya, él empezó como porteador y continuaron llevando negocios relacionados con el turismo. A la hora de la cena, recuerdo con añoranza los bocados nepalies mientras mareo las albóndigas sobrantes de un lado a otro del plato.


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