Tres semanas. Tres semanas sin sacar las tablas a pasear. Los esquís pobremente bautizados días atrás sobre un Toneo pegajoso y desagradecido, excesivamente primaveral. Sin embargo la gente seguía llenando las RRSS de actividades de esquí montañero, mientras nosotros mirabámos escépticos los neveros y las calvas que tapizaban la Cordillera. La clave suele estar en los kilómetros en coche y en los porteos caminando que uno esté dispuesto a hacer, pero también en observar por donde suben las hormiguitas.
Afortunadamente dos días antes cayeron unos centímetros de nieve fresca aunque muy localizada, por lo que el plan era subir a un monte en particular donde sabíamos que se podía hacer algo más curioso. Al parecer su aproximación es más cómoda por León entrando desde Vegarada, y en cambio más largo por estación desde Asturias; nos decantamos por lo segundo.
Nos acercamos hasta Cebolledo por aquello de salir desde mayor altitud y salvar algo de desnivel. Comenzamos a remontar orientando nuestros pasos hacia una pista negra. Una vez allí, Mario divisa a un hombre que parece estar en apuros ya que lleva un rato echado el la pendiente casi a la altura del collado. A voces me parece entender que está bloqueado y que no es capaz de quitar las pieles para bajar; se encuentra asegurado al piolet. Nos ponemos en modo rescate y nos calzamos los crampones en una transición que pareció una eternidad, dado que no era el mejor sitio para hacerlo. Cuando estamos llegando para ver qué podemos hacer por el compañero, aparecen los pisteros contactados por el 112 y anuncian que está todo controlado. Seguimos ya los últimos metros con lo puesto por no liar más la cuestión, con la decepción de quien cree haber arriesgado su integridad para acometer una gesta del todo innecesaria.
Como buenos domingueros hacemos una parada de reflexión en la cafetería, con un Master of Puppets de fondo destripado por un desafortunado ritmillo reguetonero. Se nos ha echado el tiempo encima y rondan las 13 del mediodía; hace "calor" y no sabemos cuanto nos llevará ir hasta Laverde. Mientras me zampo un puñado de donetes, y Mario su mortadela, nos quedamos prendados de la pala que tenemos enfrente con tan solo un par de huellas de descenso por una de sus vertientes. Según el IGN se trata de El Roldán, y está bastante más próximo que nuestro primer objetivo. Ni cortos ni, ya, perezosos nos calzamos las tablas y empezamos la subida por la ladera Este del monte. A medio camino, diviso no sin cierta incredulidad al señor rescatado un rato antes, que va foqueando en solitario a una distancia prudencial. Sin hacer amago de intercambiar palabra, decide no hacer los últimos metros hasta la cumbre, vaya usted a saber si por miedo o por vergüenza.
Tras poner todo en su posición y algo más de ropa empieza lo mejor. Buscamos un paso por las cotoyas para llegar a la zona más virgen de la ladera que divisamos desde abajo. La sensación es algo extraña por diferente: una buena capa de nieve polvo con base dura y yo domando los esquís, un tanto más anchos que los viejos. Es nuevo para mí flotar sin acabar encarrilando bajo la nieve. Habrá que seguir experimentando :)
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