El sábado amanece y lo vemos claro. Hace una temperatura agradable
para mangas largas y no hay rastro de amenaza de las lluvias pronosticadas.
Desayunamos unas ricas tostas con aguacate y jamón, y un café para
sacarnos las ojeras.
Echamos
a andar en una hilera
continua de senderistas, pero nos quedamos solos en cuanto enfilamos
nuestro camino. Comenzamos a ganar altura sin dificultad por unos
senderos rojizos que surcan los praderíos. A lo lejos nos observan
algunas
reses con expresión rumiante e indiferentes a nuestros pasos bien
encarrilados. Empezamos a avistar los primeros neveros de nieve blanda;
al principio con poca
pendiente y sin dificultad técnica. La huella, blanco-terrosa, está bien
marcada y atravesamos con facilidad. Nunca me han gustado las travesías,
así que me hago con dos
piedras puntiagudas para tener algo que clavar en caso de resbalón,
aunque más bien como amuleto. En ese momento me acuerdo del maldito piolet y
de los crampones que quedaron en la
furgo, a media jornada de camino.
Paco avanza campechano, ajeno a mis cavilaciones de autorrescate, surcando neveros y pedreras sin ninguna dificultad y dejando entrever sus años de rodaje por el monte. A medida que nos acercamos al paso la pendiente aumenta, ellos acceden por la pedrera y yo bordeando la nieve algo más asentada que las piedras. Cruzamos, ahora sí, un nevero con peor caída pero con un trazo marcado que deja entrever la tierra. A partir de ese punto comienza una breve trepada de IIº o IIIº por una canal de roca descompuesta de aspecto pizarroso, asequible y poco expuesta en las condiciones que la encontramos; protegida por un cable en su margen izquierda, bien justificado en invierno.
Paco avanza campechano, ajeno a mis cavilaciones de autorrescate, surcando neveros y pedreras sin ninguna dificultad y dejando entrever sus años de rodaje por el monte. A medida que nos acercamos al paso la pendiente aumenta, ellos acceden por la pedrera y yo bordeando la nieve algo más asentada que las piedras. Cruzamos, ahora sí, un nevero con peor caída pero con un trazo marcado que deja entrever la tierra. A partir de ese punto comienza una breve trepada de IIº o IIIº por una canal de roca descompuesta de aspecto pizarroso, asequible y poco expuesta en las condiciones que la encontramos; protegida por un cable en su margen izquierda, bien justificado en invierno.
Una vez superado ese desnivel, miramos de reojo el Pico Tebarray
que no presenta complicaciones técnicas por la normal, aunque sin
demasiado atractivo "personal" comparado con sus vecinos: Garmo Blanco,
Marmoleras, los Infiernos y otros tantos. Sin duda lo compensa con sus
vistas en cualquier dirección. Esta vez nos conformamos con lo
hecho y guardamos fuerzas para lo que nos queda por delante.
Aprovechamos para descansar y mordisqueamos algo de pollo rescatado del
túnel que cruza el bocadillo del día anterior.
| Paso de Tebarray |
Rodeamos
el Ibón de
Tebarray, que presume de sus aguas todavía enmarcadas por un anillo de
hielo blando, mientras disfrutamos perdiendo la mirada por sus
horizontes.
Nueva parada reflexiva en el Cuello de los Infiernos, desde luego es para pensárselo. Un reguero de montañeros asciende y se dispersa a medida que se acercan a la cima. Yo lo tengo claro: no llevamos material y no se sube. Paco renuncia no sin cierta congoja y Cris tampoco se lo plantea. - Más tarde supimos que al día siguiente un montañero bien equipado, resbaló por una de las canales descendiendo de la cima. En paz descanse.
| Cuello de los Infiernos |
Aún
nos queda nieve por cruzar hasta los siguienes ibones. Está bastante
blanda y húmeda, y se transforma con facilidad bajo nuesto peso, pero
hay algo de pendiente y posibilidad de patinar, así que atravesamos
con la
mayor cautela posible, culo arriba, cuerpo a tierra y piedra pinchuda en
mano. Así llegamos a las praderas de los ibones azules, un lugar idóneo
para otro tentempié,
oler, ver, sentir y ser con todo aquello. ¡Buff!
Reemprendemos
la marcha dejando atrás a los campistas que hicieran noche a las
orillas del ibón de Bachimaña; para entonces vamos cortos de agua y no
alcanzamos la primera fuente hasta el refugio que lleva el nombre de
estos lagos.
El
último tramo hasta Panticosa se hace largo y demasiado concurrido.
Descendemos entre pinares y rocas de granito, donde las aguas de las
nieves cimeras se abren camino y brotan por cualquier rincón. Caminamos con el ansia de quien espera llegar y siempre encuentra otra curva, árboles, más rocas,... de pronto se dejan ver las instalaciones del balneario; una última bajada antes de despedirnos de Huesca: Madrid, Lleida, León. Volveremos.
*Agradecimientos: Por las fotos de Paco y de Cris, y por su inestimable compañía en este viaje.



:):) aquí no hay emoticonos así que toma más :):):) qué bonita travesía, y qué bonitos los pirineos junto con la compañía
ResponderEliminarQué bonita tú :D
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